Esta mañana he tenido un momento "amo esta ciudad": sí, de ésos en los que sientes que ojalá fueses un frank sinatra y así poder cantarle a tu nueva york particular. En medio de una calle peatonal, de lo más comercial y céntrica, una señora se para y empieza a hablar a voces con la vecina del primero, que estaba en la ventana. Y yo, en vez de desearles a ambas una muerte súbita, por ordinarias y ferozmente pueblerinas, voy y me dan ganas de declarar a voz en grito que me encanta esta ciudad patética y destartalada, con sus verduleras pelirrojas, sus rumanos acordeonistas, sus vendedores de la once que silban melodías de cine y le ponen una mantita a su perro, sus limpiadoras de portales que vacían los cubos de agua en la calle con un hábil y único movimiento, sus dependientas que siempre te llaman "hija", sus conductores de urbanos que le piden cambio al pasaje si no tienen para cobrarte, y sobre todo, toda esa gente que se comporta como si viviéramos en una comedia costumbrista. De vez en cuando me siento como si viviera en El tigre de chamberí. Y lo más jodido es que me gusta.
Menos mal que llega la realidad y nos pone en nuestro sitio. Y aquí llega un vendedor preguntándome si soy la señora de la casa, y cuando le digo que no, me pregunta por ella.
En el mundo zarzuelero, las clasificaciones son nítidas. Si estás en una casa donde vive un caballero, o eres la señora de la casa, o la chacha. Punto.
Yo soy una perdularia, claro.
jueves, octubre 9
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