Tarde o temprano tengo que empezar a tirar papeles. Así que he decidido empezar la limpieza por un cajón de aspecto inofensivo (pude levantarlo, incluso). No deberían hacerse estas cosas así, es mejor agarrar y tirarlo todo, sin mirar. Porque ahora estoy como cuando te encuentras un billete en el fondo del bolsillo de un abrigo viejo: te pones tan contento como si te hubiera tocado la lotería, aunque el caso es que el billete siempre fue tuyo.
He hecho grandes hallazgos: una vieja foto en la que estoy increíble, una postal de una iglesia del Pirineo oscense, miles de recortes de revistas y periódicos, una carta que nunca envié a Susana con fecha del 2001, una lámina de la Casa Batlló (nunca he estado allí) que no sé cómo ni cuándo guardé.... Capas y capas de minucias superpuestas, formando el depósito del tiempo: podría irme de excavación a los cajones de mi cuarto.
Si sigo entreteniéndome así, nunca voy a pasar del primer cajón.... Debería tirarlo todo, sin pensar, y ya está: pero es un arrebato que pasa pronto, como esas ganas que te dan a veces de abandonar una maleta que pesa demasiado en medio de un viaje. Cada vez me pasa menos, porque ya he aprendido a hacer maletas: ahora me falta aprender a llenar una habitación con lo imprescindible. Estoy jodida.
jueves, febrero 19
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