jueves, junio 12

Como hace un calor de muerte, ya sólo me queda esperar horas más frescas en la madrugada, o quedarme dormida con el run-run de los ventiladores de este cacharro, desmayada sobre el teclado (y seguramente encharcándolo con el sudor de mi frente). Vamos, que empiezo a sentirme como en una obra de Tennesse Williams (como se escriba), pero sin julepe de menta. Osea, sucia, sudorosa, y con ganas de pasarme el verano entero borracha perdida en el jodido porche, en ingeniosa conversación, y metiendo la mano en un cubo lleno de cervezas frías.

En esta época del año es cuando más a favor estoy del horario nocturno (en todo caso, aprovechando el alba): no sé quién sería el psicópata que decidió que las cinco de la tarde es buena hora de trabajar, si hay 35º a la sombra... Por mí, dormiría la tarde entera (desde las dos del mediodía a las diez de la noche, horario ideal). Claro que yo soy de esas personas que siempre se asombran de no encontrar dónde comprar pan (o una novela) a las doce de la noche; nunca llevo reloj, no sé muy bien en qué mes estamos, y puedo equivocarme en una cita, no ya de lugar o de hora, sino hasta de día... Y luego me indigno porque los horarios comerciales y laborales no tienen lógica.
En fin, hace un calor desmesurado para ser aún mediados de junio, y odio el verano... (me quedan tres meses, maldición). Cada vez me parece mejor la idea del cubo de cervezas...

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