domingo, abril 27

Y ahora, algo completamente diferente.
Leo en Días estranhos un comentario sobre The Searchers, de John Ford (Centauros del Desierto) y me dispongo a largar un discurso acerca de mis personales gustos.
Hay tres películas de John Ford que me conmueven especialmente (y digo especialmente, porque todas tienen su toque). La primera es, claro está, La diligencia: todos la han visto y una legión de críticos la ha despiezado y vuelto a montar, en busca de su indudable magia (inútilmente, creo yo). Pero a mí me gusta porque en ella está el planteamiento moral de Ford, sus grandes temas, expuestos sincera y limpiamente: en caso de conflicto, cuando las apariencias dejan de importar, las personas de fiar son los "outsiders", personas que se rigen por principios morales propios y a las que importa un comino recibir un premio, porque sólo actúan guiadas por un muy elevado sentido del Deber. La moral de la acción, como en algunas clásicas novelas de Stevenson. Y no se crean que se trata de un deber religioso, ni militar, ni nada por el estilo: es un Deber completamente existencialista, de hombre solo, que decide cuál es su propósito y su destino, sin contar con castigos o recompensas.

Y lo mismo puede verse en otra de mis favoritas, "El hombre que mató a Liberty Valance", pero esta vez con más complejidad, porque se añade otro tema: la hipocresía social, concentrada en la política y la prensa, como fabricantes de una historia hecha a medida. Porque en esta historia se enfrentan dos hombres que son dos formas de entender el mundo, pero además los comprendemos y simpatizamos con ambos (y es difícil de conseguir!). Hay una trampa, a pesar de todo, puesto que en un principio la historia se nos plantea para que nos sintamos inclinados por el amable hombre de leyes (James Stewart), frente al rudimentario hombre de acción (John Wayne). Pero en el momento final, cuando la realidad se revela y vemos quién mató a Liberty Wallance, vemos también quién posee un sentido de la moral y del Deber verdaderamente superior; porque no se aprovecha de una acción violenta, su acción, ni pide un premio, ni se convierte en héroe, ni nada; simplemente ha hecho lo que tenía que hacer y se acabó (se vuelve a su casa, donde vive tranquilamente el resto de sus días). Todo lo contrario de lo que hace el supuestamente generoso hombre de leyes, que, al fin, consigue su triunfo en la política y en la vida, pero construyéndolo sobre la fama que le da el haber matado a un bandido, un acto que es completamente contrario a la moral que predica, y que está asentado en una gran mentira (y además se queda con la chica, para más inri).
Desde luego, parece que John Ford no tenía un bello concepto ni de la política, ni del modo en que se crean héroes por la prensa.

Y para rematar, si alguien es capaz de leer hasta aquí, una última película: Siete Mujeres (con una Anne Bancroft descomunal, en un papel que recuerda, incluso en el vestuario y el corte de pelo, a la Ava Gardner-Miss Kelly de Mogambo: no digo más). Es una película que tiene la misma estructura que La Diligencia, con personajes aislados y amenazados por un peligro exterior; en realidad, da igual de qué peligro se trate (ataque de los indios, matones o bandidos chinos), el caso es que la amenaza sea lo bastante real como para que las apariencias caigan y, de nuevo, veamos como el "outsider" es quien toma las decisiones difíciles, quien pone en juego su vida, y la pierde sin un mal gesto, guiándose por un Deber que se ha impuesto a sí mismo. Para escándalo e incomprensión de los hipócritas. Y para bien de todos los demás.

Para los curiosos, en The Man Who Shot Liberty Valance aparece un actor muy encasillado, pero que siempre me pareció un gran secundario, Lee Van Cleef. El suyo es un personaje inolvidable, el matón de risa histérica que acompaña al malvado Liberty Valance (Lee Marvin): creo que las crueldades del malo, con ser crueles, no lo serían tanto sin esa risilla de fondo, crispante. Y éste es sólo uno de los muchos detalles de esta película.

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