Momentos en los que doy Miedo (con mayúsculas).
1) Me levanto de la cama: ya doy miedo sólo con el aspecto que tengo (mi pelo suele hacerme parecer una mezcla de Tintín y la Hydra de Lerna, con un toque abstracto). Y empieza el terror: nadie debe hablarme, porque no le escucho (de hecho, le ignoraré olímpicamente, pasando a su lado como si fuese parte del mobiliario).
Ni se le ocurra a nadie levantarme la voz para reclamar mi atención: probablemente reaccione como si me hubieran golpeado, osea, mal (ya saben que no se debe despertar a los sonámbulos, es peligroso).
Apártense todos de mi camino. Por mi parte, iré al baño, pondré el café y quizás enchufe la radio. Una vez que ya me encuentre sentada con el café en la mano, seguramente me ponga a leer alguna revista atrasada que encuentre tirada en el suelo (no soy ordenada) o a mirar por la ventana, con el mismo aire ausente.
Con suerte, quince minutos después, y ya duchada y peinada, me digne advertir que hay otras personas en el mundo, y les dirigiré algún reproche por no haberme avisado de lo tarde que es, por ejemplo (si aún siguen ahí y no han huído).
2) Me levanto de la cama. Idéntico aspecto. Pero, esta vez, lo hago de un salto, voy corriendo al baño, pongo inmediatamente la radio y me pongo a comentar las noticias. Mientras hago café, preparo tazas para todos los presentes, pregunto cómo han dormido, y salgo al balcón para comprobar qué tiempo hace.
Pongo un disco de rock/punk/reggae para escucharlo mientras me ducho. Canto las canciones a gritos.
Después de quince minutos aturdiendo a todos con mi charla, salgo corriendo porque llego tarde.
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Ésto se me ocurrió por culpa de Otis B. Driftwood y el café. Sobre todo, del café. (Es bueno poder acusar a las drogas de nuestros desvaríos)
martes, septiembre 23
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