Es humillante admitir que el dolor te incapacita.
He bajado a la farmacia porque no tenía calmantes. Con los ojos llorosos, cojeando y doblada como un ocho, he tenido que ir primero al cajero porque no tenía dinero. Me ha costado meter la puta tarjeta en la ranura, de lo que me temblaban las manos. Luego he tenido que sentarme, en el trayecto hasta la farmacia, porque me mareaba y tenía náuseas. La farmacéutica que me ha despachado me miraba como si yo fuese una yonki, con mis temblores, mi pelo sucio, mi cuello del abrigo abrochado en un día de calor. Y es que no dormir, vomitar el desayuno, pasarse la mañana con ese dolor característico justo bajo los riñones, no favorece la belleza.
Ahora ya estoy divinamente, gracias al maravilloso mundo de la química (los calmantes, ah!). Sólo la tiritera me delata un poco. Y me siguen doliendo las piernas, contra éso no he encontrado calmante que pueda.
Ya saben, hay días en que me gusta ser mujer.
miércoles, marzo 17
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