Me encantan las bibliotecas públicas. Son la única institución cultural que es como deberían ser todas: útil, completamente gratuita, igualitaria en su servicio y verdadera cumplidora de sus fines. La única institución (de cualquier tipo) que no me ha decepcionado.
Cuando descubrí que podía leer libros sin tener que comprarlos, sí que experimenté una epifanía: el descubrimiento de una realidad nueva que me transformaba en otra persona (soy pedante, lo sé). En ese edificio público, a cambio de dos fotos y el esfuerzo de rellenar una tarjeta, te dejaban llevarte libros. Un mundo a mi disposición. El universo se podía recorrer en un paseíto. Alucinante.
Siempre me han impresionado las bibliotecas extranjeras, su tamaño, su antigüedad, su constante uso por tanta gente: me han dado la verdadera medida de lo que significa difundir la cultura (una frase que no significa nada ya, pero que sonaba bien escrita en una fachada entonces). Y qué impresionante es la Biblioteca Nacional, tan solemne (sobre todo te impresiona que te dejen ver libros, que se fíen de tí).
Así que, las noticias sobre bibliotecas ruinosas, sin presupuesto para comprar libros, con los funcionarios encolando con engrudo los más estropeados, me inquietan. Tanto abandono, tanta dejadez.
Benditas sean las bibliotecas públicas, los únicos, los verdaderos mecenas.
domingo, febrero 16
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